Padrón
Me falta el aire.
Fue lo último que dijo antes de que le pusiéramos el respirador en la terapia intensiva del Hospital de Clínicas. Mucho tiempo tuvo que pasar para poder escuchar lo que este hombre no podía decir.
Tenía unos cincuenta años, morocho y por sus rasgos pensé que era del norte. Ingresó por un ataque de asma y a pesar de ser el debut de la enfermedad, no había respondido a los tratamientos habituales. En la puerta esperaban ansiosas todas sus hijas.
Ese 10 de Diciembre no era un día cualquiera, por radio confirmaban el triunfo de la democracia en las elecciones del 83.
Al hacerle la historia clínica me llamó la atención que al preguntarle el número de hijos me contestó: cin…cuatro. Podes equivocar el día de tu nacimiento o la fecha en que murieron tus padres pero jamás el número de hijos. Lo estudiamos de pies a cabeza y no le encontramos nada, sólo el asma que comenzaba a edad tardía. Seguí atendiéndolo desde entonces en el consultorio y la guardia del hospital; llegaba siempre con sus crisis asmáticas que no tenían una causa precisa y que parecían acabarse cuando él quería. Intentamos todo tipo de tratamientos, desde medicamentos de última generación hasta terapias alternativas, y sin embargo la falta de aire volvía como un designio del destino, como un mal recuerdo.
Tenían eso sí, cierta periodicidad cada dos años más o menos, y siempre durante las épocas de plena campaña electoral. Cuando empezaban los afiches callejeros y los jingles en la radio reaparecía y era increíble comprobar que fuera el mismo que ingresara casi muerto con el retorno de la democracia. Nunca me atreví a preguntarle de sus ideas políticas para no mezclar los tantos de la consulta médica, además como buen criollo del norte siempre fue parco a la hora de hablar de ciertos temas.
Con los años me fue contando partes de la historia de su vida, de sus cuatro hijas que son el sol de sus días, de la muerte de su esposa. Me dijo que sólo seguía vivo para conocer a sus nietos y porque “quería ver mañana”. Así de simple. Había sido ferroviario, después zapatero y terminó alquilándole el garaje donde funcionaba el tallercito a un partido de izquierda cuya sigla no recuerdo.
Conservaba el pelo duro y ahora blanco que contrastaba con su tez morena. Enemigo de los medicamentos me contó el secreto con que controlaba sus ataques de asma. Salía a hacer actividad física a la plaza del barrio, comenzó trotando y ahora caminaba, todos los días a paso vivo, respirando hondo y siempre en sentido anti-horario. Tenía la hipótesis que haciéndolo de esa manera rejuvenecía, volvía al pasado que como se sabe siempre es mejor.
A pesar de que las caminatas lo ayudaban no dejaba de venir periódicamente a la consulta. Unos días antes de las últimas elecciones pidió un turno. Me alegré que fuera viernes y que no tuviera más pacientes que atender para poder conversar con él largo y tendido; le había tomado cariño. Con sus 72 años a cuestas y su particular historia clínica, estar con él me hace sentir de nuevo residente en el hospital y me sirve para repasar los años que siguieron a aquella elección del 83.
La consulta transcurrió como tantas otras. Hablamos de su estado de salud, de las caminatas, de sus hijas, del centro de jubilados, de su asma. El examen físico de rigor sólo mostró las huellas del tiempo. Antes de que se fuera me atreví, por primera vez, a preguntarle a quién iba a votar. Me miró fijo a los ojos, como jamás lo había hecho en todos estos años.
Nunca pude votar me respondió.
Antes que pudiera preguntarle por qué se puso a llorar como un chico, desconsoladamente, sin el pudor que suele acompañar a los hombres y más cuando son viejos. Lloraba y no podía casi respirar.
Llore pero hable, le dije y empezó…
-Yo tenía cinco hijos, como los dedos de mi mano, y uno está desaparecido, el mayor, el único varón. Tenía 20 años cuando no lo ví más. Estudiaba medicina, en el Clínicas y quería un mundo mejor, de iguales.Yo mismo le compré las armas con las que practicaba en el patio. No era un jovencito, era un guerrillero que luchó por el socialismo, era morocho como yo y flaco como su madre. Sé que no lo mataron, está desaparecido. Lo atraparon mientras estaba aprendiendo a tomar la tensión en un dispensario de Villa Páez y lo vieron por última vez en la Perla. Si lo habré buscado doctor… Mi esposa murió al año siguiente de un infarto, de tristeza digo yo. Imagínese, me quedé viudo, con mis cuatro chinitas y sin una tumba donde ponerle una flor. Yo sabía que lo podían matar pero no que desapareciera. Si hubiera visto lo que era mi muchacho. Pero no pierdo las esperanzas, sigo en la mía buscándolo, hasta que aparezca, por eso no he podido votar…
Tuve que aguantarme para no llorar con él, resguardado en mi rol de médico le dije que no entendía lo de no poder votar…
-¿Quiere saberlo? Todos los domingos de elecciones voy al colegio dónde votaría mi hijo, busco en los padrones y espero pacientemente al lado de la mesa en que le toca. Llego tempranito, desde que abren los comicios y me quedo hasta que se cierran. Entonces vuelvo a casa. Mire, acá está el documento, casi no tengo ningún sellito de la constancia electoral, y si vienen de la justicia o del estado les diría que ellos tienen la culpa, que yo estaba buscando a mi hijo, que si ellos me dicen adónde está, aunque esté muerto se terminó la historia, y podría ir a votar…
Desde mi angustia, sólo atiné a preguntar como se llamaba el hijo.
Huayra
¿Cómo…?
Huayra, me repitió como sintiendo que tenía que darme explicaciones. Es un nombre aymará, quiere decir aire.
Carlos Presman.
Carlos Presman es médico, ahora escritor y siempre un hombre lúcido, sensible y con un humor exquisito.
La Sociedad de Neumonología le agradece profundamente esta participación.